lunes, febrero 04, 2008

Infértiles amagos

Solía escribir en cualquier esquina de cualquier cuaderno. Cualquier servilleta de bar me bastaba. Le pedía un boli al camarero y escribía... o dibujaba. Cualquier examen, cualquier apunte, cualquiera de mis agendas, cualquiera de los papeles que llegaran a mí me servían para garabatear cualquier cosa que pasaba por mi cabeza. Siempre en euskera, porque todo era más dulce, más poético, todo sonaba mejor.

Siempre había alguna frase rescatable. Alguna joyita entre las cientos de líneas que escribía. Algunos textos, incluso, eran buenos. Como aquel ejercicio de clase de literatura, aquella carta a Walt Whitman en aquel papel amarillo, en aquellos difíciles 18.

Escribir me servía para descargar, para depurarme. (Todavía hoy me sirve, pero de otra manera.) Como aquella carta que escribí a mi abuela que le hizo llorar. (Cada cumpleaños me pide otra.) Escribir me relajaba. Era mi terapia. Escribía y lo leía luego en voz alta. Como intentando descubrirme entre esas palabras de dolor. Siempre eran de dolor. Dolor por todo.

Y al acabar de escribir sentía esta sensación que siento ahora mismo. Una tranquilidad inalterable. Una sensación que hacía mucho no me invadía. Como cuando escuché por primera vez Set The Fire To The Third Bar de Snow Patrol.



Hace años que no he vuelto a escribir así. Todo cambió cuando entendí que la vida tenía muchas cosas buenas. Muchos momentos buenos. Cambió cuando, un buen día, no me preguntes cómo, salió el sol.

Dejé de creer que estaba rodeada de gente que quería hacerme daño. Aprendí a ser más fuerte. Aprendí a sonreir. Aprendí a hacer sonreir a los demás. Aprendí a abrazar y a dar amor. Me convertí en otra persona. Y con esa reinvención de mí misma, mi capacidad para escribir mis sentimientos despareció. Desde entonces todos los intentos han sido infértiles amagos.

J. me dijo un día que para componer no hacían falta las drogas (mi capacidad para escribir era anterior a que fumara porros, pero desapareció en la época en la que los dejé). V. me dijo un día que ella le gustaría que de mayor escribiera libros sobre el mundo de fantasía en el que siempre he vivido. A. un día me dijo que escribiera sobre cocina. F. un día me dijo que escribiera sobre él. S. un día me dijo que tenía una capacidad de producción asombrosa. G. un día me dijo que le hice llorar con lo que un día escribí. Muchos me dijeron que no podían acabar de leerse los interminables emails que mandaba desde México. Yo sólo sé que escribo para mi.

Y sólo quiero recuperar el papel amarillo donde escribí la carta a Walt Whitman. La busqué en casa de mis padres, pero ha desaparecido junto con todos mis apuntes de literatura, junto con La Amortajada (descárgatelo) de María Luisa Bombal, junto con tantos libros que me traje de México que difílmente podré lograr aquí. Mira que les tengo dicho a mis hermanas que no anden en mis cosas.

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